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Por Marcelo Cafferata

Como nos tiene acostumbrados Paula Hernández (“Herencia” “Las siamesas” “Lluvia” “Los sonámbulos”), aun en sus relatos más corales, siempre emerge una figura femenina fuerte. A lo largo de toda su filmografía, esa mirada femenina que impregna el cine de Hernández atraviesa lo relatos y esta adaptación de la novela homónima de Selva Almada confluye perfectamente con su manera de mirar a sus personajes.

En “EL VIENTO QUE ARRASA” hay un padre predicador, el Reverendo Pearson, que va recorriendo pueblo por pueblo pregonando la palabra de Dios pero la cámara de Hernández no pierde jamás de vista lo que sucede en el universo de su hija adolescente. Como una sentencia y un mandato divino, se sostiene que “la mujer tiene la misión de acompañar a los pastores” y el guion de la propia directora junto a Leonel D’Agostino encuentra la forma de rebelarse a esa estructura y plantear, en la figura femenina de Leni (la hija del pastor), esa fuerza que será motor de rebeldía y de búsqueda de libertad en medio de ese ambiente patriarcal que no hace más que asfixiarla.

En uno de sus caminos, una falla mecánica del auto los hará cruzar con un mecánico y su hijo, aislados en un pueblo perdido de la Mesopotamia bajo el fuego de un calor abrasador. Allí la potencia del texto de Almada más la puesta de Hernández, permite armar un opus de cuatro personajes donde se van espejando en sus formas de vinculación –la violencia latente en la construcción de las masculinidades de esas figuras paternas puede ser el más evidente, pero hay muchos más donde se reflejan unos con otros-: de esta forma se atraen y se repelen, se asemejan y se diferencian  con la misma energía

Estos personajes se mueven con una precisión teatral dentro el espacio que les construye Hernández, sin perder de vista todo lo que le pasa a Leni, en un trabajo delicado y lleno de matices de Almudena González (a quien ya vimos lucirse en “Argentina, 1985”), donde el foco que sigue puesto en su necesidad de romper las ataduras. Leni es un personaje en pura ebullición: hay algo de la construcción de ella como mujer, de lo femenino, de su despertar sexual, de sus pulsiones, sus miedos y tensiones, que se van develando a medida que transitan esa pequeña estadía junto al mecánico y su hijo, donde ella los observa relacionarse y descubre un vínculo muy diferente a la de ella con su padre.

El Chango (Joaquín Acebo haciendo un brillante debut en la pantalla grande), hijo del mecánico también sufre como Leni la bestial presión de su padre y la ausencia de las marcas maternales, pero sin embargo hay en el mecánico una cierta ternura escondida, que es justamente la que no aparece en la piadosa mirada que debiese tener el Pastor.

EL VIENTO QUE ARRASA” es, fundamentalmente, una película de personajes: a los excelentes trabajos de Almudena González y de Acebo se suman estos dos padres antológicos que componen Alfredo Castro (nuevamente en pantalla después de “El Príncipe” “Tengo miedo torero” y la reciente “El Conde”) y Sergi López (“La boda de rosa” “La próxima piel” “Partir” o “Ismael”).

Ambos trabajos son notables, dos grandes actores en pantalla: Castro acierta en esos momentos de posesión en la prédica de la palabra y en la sobreactuación de su propio evangelio para captar la atención de sus fieles. Sergi López asombra en su composición, algo alejada de los papeles a los que nos tiene acostumbrados en cine, con un trabajo de su rudeza ya desde su aspecto físico y su interpretación corporal hasta una gestualidad tosca, de miradas fuertes y pocas palabras.

Hernández dirige con solvencia a este cuarteto, con la intención de construir desde el silencio y la calma que antecede la tormenta, un mensaje liberador en esta historia de almas oprimidas que buscan una salida que les de oxígeno y fuerzas para poder transgredir su propia historia y encontrar un nuevo camino.

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