Por Rolando Gallego

Pocas son las figuras que nos han acompañado desde la pantalla, grande, chica, y logran permanecer en uno toda la vida. Catherine O’Hara es una de ellas. Una comediante increíble, y una actriz que no necesitó papeles dramáticos para demostrar nada.
En mi caso la descubrí en Después de Hora, la amé en Heartburn, y me divertí a rabiar con ella en Beetlejuice. Más tarde la aplaudí en Dick Tracy, y empaticé con ella en Mi pobre angelito, más cuando uno luego se convierte en padre y sabe que tranquilamente uno hubiera pasado por lo mismo.
Su voz también nos acompañó en El extraño mundo de Jack, fue una ácida periodista en El diario y nos reímos con cada una de sus participaciones en comedias de mayor o menor talla.
En la tele, sus participaciones, levantaban cualquier producto, desde Cuentos de la cripta a Curb your enthusiasm o Modern Family, a participaciones claves en The Studio o The last of us.

Cuando se estrenó Schitt’s Creek, vaya a saber por qué, no la ví, pero en pandemia, con ese paréntesis eterno, la vi de un tirón, todas las temporadas. Amé y voy a amar para siempre a Moira, sus pelucas, sus delirios de grandeza, su amor incondicional para sus hijos.
Se fue Catherine O’Hara, y el mundo es un lugar más triste, aunque, para cambiar esa sensación, voy a ponerme a ver alguna película o episodio de sus series.
Gracias Catherine O’Hara por tanto