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Por Marcelo Cafferata

Hace pocas semanas, pudimos disfrutar el estreno en cines del último trabajo de Lucía  Puenzo con “Los impactados”: sabemos que su cine no es convencional sino que siempre aborda personajes atravesando profundas crisis que obligan a reconstruir sus identidades. En el caso de “LA CAIDA” un accidente casi ajeno a la vida de Mariel, comienza a desentrañar un viaje interior a su pasado, a sus rincones más secretos y a una verdad que deberá salir a la luz.

Mariel representa a México en los juegos olímpicos y por su edad, ésta será la última oportunidad de participar. Pero su compañera en el equipo de clavadismo sincronizado, ha tenido un accidente y no podrá participar de las Olimpíadas en Grecia. En su lugar, aparecerá un jovencita de catorce años que por supuesto no tiene su experiencia y el hecho de que sea tan novata puede echar todo a perder. Cuando Nadia aparece en escena, comenzará a generar profundos desequilibrios en diferentes planos, que se conjugan con los nervios y la tensión propios de la preparación para un evento de tales características.

Nadia irrumpe con su juventud y con ese universo que transporta a Mariel a su propia adolescencia, sobre todo cuando ve en acción a la madre de Nadia imponiendo sus deseos y sus exigencias, que le remiten indiscutiblemente al vínculo con su madre. Al mismo tiempo, la relación dentro del equipo comienza a complicarse cuando Mariel vea que Nadia requiere una atención más especial de su entrenador Braulio y ella comience a quedar a un lado.

A la delicada situación que atraviesan pronto se suma va a sumar una bomba que les estalla frente a todos ellos: Braulio recibe una denuncia de abuso de parte de la madre de Nadia y todo comienza a enrarecerse.

La directora Lucía Puenzo desde el guion (escrito por ella junto con un equipo de mujeres entre las que se encuentran Tatiana Mereñuk y María Renée Prudencio) maneja las pulsiones de los personajes y va mostrando sus costados más oscuros a medida que se desarrolla el relato. Juega inteligentemente con la incertidumbre, la duda, los “agujeros” de la memoria que hacen dudar a los personajes, marcando las complicidades y los vínculos enfermos que aparecen en torno a un potencial abuso.

Mentiras, silencios, complicidades, Puenzo vuelve a dar una vuelta de tuerca aún más profunda, ahora basada en un caso real pero con un dilema ético adicional en la figura del entrenador que debiese velar por la seguridad de su equipo y no mezclar los roles. Puenzo involucra al espectador a tomar una posición tal como sucedía con aquel profesor de la pieza teatral “El Principio de Arquímedes” de Josep María Miró, un personaje que sostenía que donde la gente hablaba de abuso, sólo existían muestras de cariño y de contención para con su alumna.

Puenzo maneja muy hábilmente esta delgada línea de la duda y pone su cámara al servicio de ir entregando pistas sobre ese vínculo triangular que se va formando entre el entrenador, Mariel y Nadia, sin subrayar ninguna postura.

Sólo sabemos que el mundo de Mariel se derrumba cada vez más y más y le resulta cada vez más imposible concentrarse en su entrenamiento mientas que un volcán interior parece a punto de estallar: ella necesita saber la verdad y necesita también recomponer su historia.

Karla Souza es una Mariel notable. El personaje atraviesa diferentes estados de ánimo e inclusive debe controlar y ocultar sus emociones. Souza logra transmitir el sufrimiento, las contradicciones y la ira contenida de su personaje a punto de explotar, sintetizándolo con apenas una mirada o una gestualidad trabajada en la minuciosidad del detalle, frente a una cámara que la sigue a cada momento y la acompaña obsesivamente en la búsqueda de la verdad.

Hernán Mendoza también se pone al servicio de todo lo que Braulio debe generar y logra momentos de complicidad y otros de abierto rechazo. Su composición también es sumamente acertada en el juego de mostrar y ocultar información, de ser y parecer, de trabajar con esa ambigüedad que hace que el conflicto que plantea “LA CAIDA” sea efectivo, sin necesidad de anticipar deliberadamente lo que se irá desarrollando.

A los brillantes trabajos de Souza y Mendoza y la mirada oportuna sobre el mundo femenino que propone el guion y que permite desentrañar el abuso desde el interior de los personajes, víctimas y victimarios, se suma una delicada fotografía de Nicolás Puenzo que además filma unas bellísimas escenas bajo el agua.

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