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Al maestro con cariño. Crítica: Una flor en el barro

Por Rolando Gallego

La difícil tarea de educar ha sido reflejada en muchas ocasiones por el cine. Generalmente tiene que ver con un subgénero que radica en la llegada de otro que intenta, de alguna manera, cambiar la realidad con la que se encuentra.

Si el año pasado Diego Lerman con El Suplente, supo desarrollar una idea para nada romantizada del docente que intenta seguir adelante a pesar de los obstáculos que en lo cotidiano se encontraba.

Había allí, al igual que en Una flor en el barro, de Nicolás Tuozzo, protagonizada por Nicolás Francella, la decisión de reposar la mirada en la búsqueda del empoderamiento de un alumno/alumna para, además, intentar pintar un fresco del entorno y las vivencias del estudiante.

En este caso, Francisco, un docente que pertenece a una clase media acomodada, asume la suplencia en una escuela ubicada en el conurbano bonaerense a la que para llegar transita horas y toma varios transportes públicos.

En su casa, junto a su mujer (Cumelén Sanz), vive una realidad asfixiante, que encuentra, en la docencia, y en el trabajo con Sofía (Lola Carelli), una niña superdotada, librada a su suerte, la posibilidad de volver a creer en su profesión y en sí mismo.

Una flor en el barro marca el retorno al cine con problemática social de Tuozzo, quien sabe poner la cámara registrando con sensibilidad aquello que muestra. Francella ofrece un trabajo acertado, logrando que su maestro pueda trascender los zurcidos con los que el guion pinta al rol con cierto costumbrismo de otra época, superando ese lugar común, dotándolo de verdad y verosímil.

Destacan del elenco Valentina Bassi y Soledad García, con pequeñas participaciones que revisten más realidad a esta producción que se anima a transitar un lugar ya conocido en el cine, aggiornarlo levemente y bucear en las nuevas posibilidades que el tema puede ofrecer.

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