Por Luis Kramer.

Rescatada afortunadamente por la plataforma Netflix, esta serie de dos temporadas de 12 capítulos cada una, y una tercera pendiente de realización por la pandemia del coronavirus, indaga en el corazón de la comunidad judía religiosa de Geula cercana al barrio de Meah Shearim en Jerusalem, y lo hace con una elevada dosis de respeto y fundamentalmente de afecto por sus miembros, encabezados por el rabino Shulem Shtisel, quien exuda una gran dosis de sabiduría y a la vez de ternura y afecto hacia sus hijos, debiendo lidiar con el menor de ellos, quien a sus 27 años se debate aún entre su vocación religiosa y su necesidad artística.
Esta serie de alguna manera reconcilia a la comunidad gentil con la imagen tajante y sectaria que se tenía de los grupos judíos ortodoxos, indagando en sus costumbres, ritos, enriquecimiento religioso y sabiduría de vida con una precisión notable, introduciendo asimismo el entorno secular en sus vidas y la manera a través de la cual sus distintos personajes confrontan y coexisten con el mismo.
La religión judía tiene un elemento muy rescatable que es su sabiduría, la compilación de los sabios de la Torá y del Talmud que han logrado extrapolar a la vida cotidiana sus enseñanzas y moralejas y hacer de ello prácticas constantes y ejemplos permanentes de ética y pensamiento contemporáneo. Es allí donde Shtisel acierta en el planteo e interpela a sus personajes con sus aciertos, convicciones y contradicciones.
Las interpretaciones son exquisitas, destacándose Dov Glikman como Shulem, Mijael Aloni como Akiva, su hijo rebelde, Neta Riskin como Giti, la hija que debe afrontar un abandono marital y seguir adelante con sus cuatro hijos y Sasson Gabai como Nujem, el pintoresco hermano de Shulem.
Shtisel ha obtenido premios de la Academia de Televisión israelí incluidos para la destacada dirección para Alon Zingman como así también, entre otros, para el esmerado guión de Yeonatan Indursky y Ori Elon y a su bella partitura musical de Avi Belleli.