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Entrevista Martina Matzkin y Gabriela Uassouf

Por Rolando Gallego

Tristán y los días por venir, de Martina Matzkin y Gabriela Uassouf, que vuelven a los cines tras Cuidadoras, sobre Tristán Miranda, se estrenó con una mirada amorosa que acompaño durante siete años al joven en un momento clave de su vida.

¿Cómo conocieron a Tristán y cómo surge el proyecto?

Conocimos a Tristán durante el casting de un cortometraje de ficción, «El nombre del hijo», del cual terminó siendo protagonista. Nos conmovía no solo el talento que tenía frente a la cámara, sino también su sensibilidad, su mirada del mundo. En ese momento Tristán tenía catorce años. El proceso de ese corto fue hermoso y muy movilizador, y generamos un vínculo con él y su mamá que siguió luego del estreno. Nosotras ya veníamos pensando en un proyecto que apuntara su mirada a la adolescencia, a la juventud, y de esa relación que ya teníamos fue surgiendo naturalmente. Y fue en ese camino compartido que empezó a tomar forma la idea de un documental: no había guión ni estructura definida, solo la intuición de que había algo en el crecer de Tristán que valía la pena mirar. Cuando se lo propusimos, Tristán se entusiasmó con formar parte del proyecto y así empezó a encaminarse.

¿Cuánto tiempo duró el rodaje?

El rodaje duró unos siete años. Fueron filmaciones espaciadas, que nos permitieron retratar distintos momentos y que, al verlos condensados en poco más de una hora, se sintiera esa potencia del paso del tiempo. Sostener ese tiempo implicó un esfuerzo enorme, no solo emocional sino también físico y financiero. La producción (Groncho y Lumen, ambas argentinas, y más tarde se sumó Monarca, de Uruguay) no le sacó nunca el cuerpo. Pasamos por tres etapas de montaje distintas, en el medio, se nos cruzó la pandemia, que nos obligó a parar de filmar. Después tuvimos que hacer un esfuerzo grande para retomar y acompañar hitos muy importantes en la vida de Tristán que sucedieron ya en la pospandemia. Decidimos que todo eso formara parte del relato porque era central en su crecimiento.

¿Fue más fácil dirigir de a dos?

Dirigir de a dos fue muy enriquecedor. Para un proceso tan largo, tan lleno de incertidumbres, es bueno poder intercambiar, preguntarse, imaginar con otres. Y no solo nosotras, fue un proceso bastante colectivo. Dirigir de a dos fue muy enriquecedor. Para un proceso tan largo, tan lleno de incertidumbres, es bueno poder intercambiar, preguntarse, imaginar con otres. Y no solo nosotras, fue un proceso bastante colectivo: con Tristán y su equipo, con lxs productores en primer lugar, con el equipo técnico que, por reducido (para mantener la intimidad del rodaje) se volvió un poco familia, con los editores en esa etapa hermosa, muy codo a codo, que es el montaje. La dirección de a dos tiene sus desafíos. No siempre estamos de acuerdo y para algún lado hay que definir. Pero es enorme el peso de llevar una misma, con su cabeza, la historia. El espejo y el diálogo, a la larga, se disfrutan.

La película llega en un momento complicado para el cine y también las diversidades,  ¿cómo se vive el estreno?

Muchas de las cosas de las que la película habla están siendo cuestionadas y atacadas. Esperamos el estreno como un momento de encuentro, de intercambio, de compartir. Pensamos el estreno con el peso simbólico de hacerlo en el Mes del Orgullo, pero sin que la película quede encerrada en esa fecha ni en un público que ya comparte estas preguntas. Nos interesa que llegue también a quienes están cerca de alguien que está transicionando y todavía están aprendiendo a acompañar. Creemos que hay una base de aceptación de la diversidad que llegó para quedarse, aunque el contexto político intente erosionarla, y el estreno es una manera de celebrarla.

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