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Por Marcelo Cafferata.

Entre el interesante material que podemos encontrar en la plataforma pública www.cont.ar -contenidos a los que se puede acceder en forma gratuita-, además de una selección de películas nacionales de ficción, hay una vasta producción documental y, en carácter de estrenos, algunas nuevas series, entre las que se destaca “SI ME VOLVIERA A ENAMORAR”.

Basada en una obra teatral de Edo Azzarita, el guionista Guillermo Hermida trabaja a dos aguas entre un formato novedoso de serie y algunos apegos al esquema de la telenovela, para brindar una historia donde se valoriza el poder de la amistad, de los afectos y se reactualiza el foco en las relaciones amorosas, con puntos de vista novedosos para este formato y, sobre todo, contando con una fuerte apuesta creativa volcada por Franco Verdoia en una inusual puesta en escena, que llama poderosamente la atención desde los primeros capítulos.

La historia gira en torno a las vivencias de cuatro amigos de la juventud, que jamás han perdido contacto y hoy comparten la explotación de un bar cuyo nombre encierra una historia particular, que se irá develando a medida que pasen los capítulos.

Ellos son Guillermo (Rafael Ferro, un compulsivo Don Juan, gay, exitoso y seguro de sí mismo), Gustavo (Guillermo Arengo, en plena crisis de divorcio enfrentando a su ex e intentando definir el vínculo con la hija de su ex-pareja) y Mimi (Willy Lemos, que deberá atravesar un momento delicado, cuando se develen ciertos problemas médicos que su pareja se empecina en esconder). Completa el cuarteto Matías Mayer / Tomy, en un personaje que sigue presente desde un tiempo y espacio diferentes y que oficia, sobre todo en el primer tramo, de narrador omnisciente que nos va introduciendo a los personajes y aporta gran cantidad de información.

Si bien la historia no corre por senderos demasiados transgresores, lo efectivamente rupturista e innovador para este tipo de  productos es la puesta en escena y un diseño de arte que se aleja fuertemente de cualquier muy diferente a lo habitual y a lo conocido.

Quienes hayan admirado la concepción del espacio que plantea Lars Von Trier en “Dogville”, quedarán gratamente sorprendidos con la adaptación de esta idea que hace Verdoia, cuando en su puesta conceptual logre integrar perfectamente ese espíritu que invita a un permanente juego con las convenciones y es así como en un mismo galpón podemos ver que se desarrollan los diferentes espacios y pasaremos del bar a la casa de cualquiera de los protagonistas, de un departamento en alquiler a una oficina, cómo se entrecruzarán los personajes y cómo con sólo algunos elementos y ciertos pactos tácitos espectador-director, se logran efectos creativos que marcan una enorme diferencia a favor de la propuesta.

Puertas que indican quienes viven en la casa; flechas, líneas, bordes que marcan una geografía y un determinado espacio; correspondencia que llega con sogas y poleas, celulares y notebooks de madera, son algunos de los guiños cómplices de ese lazo que la dupla Verdoia-Hermida, necesitan generar en el espectador para que esta extraña mezcla de novela / serie / teatro, tenga el efecto deseado.

Un pequeño escenario redondo iluminado, un cartel de neón y la sola presencia de alguno de los personajes (generalmente destacando algunos de los secundarios o de las participaciones especiales) permiten generar, al cierre de cada uno de los capítulos, un logrado momento de stand up de la mano de un pequeño monólogo –que retoma alguno de los vericuetos de las historias-, escrito con mucho humor, directo y fresco, con una pluma ágil pero a la vez sumamente reflexiva que, rompiendo la cuarta pared, logra un contacto directo con el espectador con un excelente resultado para el final de cada episodio.

Una pantalla en blanco, frente a la que alternativamente se irán parando los personajes principales, aportará también nuevos datos a la historia, pero sobre todo permitirá proyectar sus emociones, sus sueños, algunos hechos y recuerdos del pasado, momentos de gran belleza visual que una vez más destacan una puesta cuidadosa en cada uno de los detalles y buscando, en éste, como en los restantes elementos mencionados, construir un lenguaje diferente y explotar todas las formas visuales posibles, incorporando elementos plásticos potentes y que, a su vez, aportan contenido a la trama.

Desorientan, en este contexto de mucha precisión en la puesta, una musicalización que no logra empatizar con lo que se cuenta en imágenes y un uso de un zoom demasiado abrupto (¿un homenaje a Hong Sang Soo encubierto?), pero que sólo son detalles menores que no empañan en absoluto el resultado general de “SI ME VOLVIERA A ENAMORAR”.

Otro punto alto son las actuaciones: no sólo por el nivel compacto que logra Verdoia en la dirección de todo el equipo (del que solamente se podría marcar que lamentablemente Carla Conte parece no poder encontrar el tono correcto a su personaje y queda un poco relegada frente a la excelencia del resto del grupo) sino porque además la gran mayoría de ellos enfrenta el desafío de ponerle el cuerpo a personajes que difieren sustancialmente de aquellos en los que estamos “acostumbrados” a verlos.

Rafael Ferro se destaca por el erotismo volcánico que le pone a su seductor empedernido, cultor del sexo ocasional quien además se reencuentra con un viejo amor pero se siente tironeado por la aparición de alguien que mueve todas sus estructuras. Ferro maneja perfectamente los tonos para cada una de las sensaciones por las que atraviesa su Guillermo y se acopla al dúo Arengo – Lemos quienes también dan muestra de una gran versatilidad frente a las distintas situaciones. Matías Mayer, por su parte, se suelta en su faceta de narrador y logra dar en el blanco con un personaje etéreo y terrenal a la vez.

En este juego de roles bien diferentes de los habituales se destacan Leo Veterale (a quien todos conocemos por su personaje de “La Barbie”) con un tono dramático que le permite una faceta diferente, el desopilante registro de comediante que dispara Julia Zenko en sus participaciones, la presencia de Esteban Meloni y el nervio de Graciela Tenembaum –alejada de sus personajes chispeantes y costumbristas, componiendo a una insoportable y controladora ex, que atraviesa un fuerte proceso de crisis personal-. Y como todos sabemos, siempre hay un secundario inolvidable y en este caso el cocinero del bar a cargo de Javier Rodríguez es indudablemente quien se lleva todos los aplausos.

Vale la pena –y mucho- acercarse a la plataforma de cont.ar para disfrutar de “SI ME VOLVIERA A ENAMORAR” una propuesta en la que el director de “La Chancha” o “La vida Después” también se juega, como sus actores, a buscar algo diferente a sus trabajos anteriores y deslumbra con una puesta novedosa, por momentos audaz y siempre enfocada a los sentimientos y al amor, en sus diversas formas.

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