Campo de batalla. Crítica: Las siamesas.

Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Rolando Gallego.

Las siamesas (2020) - Filmaffinity

Presentada fuera de Selección en el 35 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la nueva película de la realizadora Paula Hernández (Los sonámbulos, Herencia), expone, de una manera única, vívida, lúcida, potente, algunas obsesiones recurrentes en su carrera que tienen que ver con la maternidad, los vínculos y los espacios.

Atravesadas por una tragedia de la cual conoceremos más hacia adelante algunos índices, en Las Siamesas (2020), Valeria Lois y Rita Cortese, configuran un verdadero tour de forcé, un duelo actoral interpretativo en el que nada, ni nadie, podrá salir indemne, como una madre y una hija que se aman y se odian a la vez.

Al comenzar el relato, conoceremos a Estela (Lois), una mujer que desea, anhela profundamente algún cambio en su vida e intuye que la oportunidad que recientemente se le ha presentado, heredando dos departamentos en Costa Bonita, tal vez sean el motivo para ofrecerle algo de respiro en su atormentado presente.

Luego veremos a Clota (Cortese), una mujer madura, a la que el cuerpo, de alguna manera le ha comenzado a jugar algunas malas pasadas, y  la cabeza también, dependiendo de su hija, en algún punto, para seguir adelante en sus días, iguales, plagados de medicamentos y apatía.

Una casa abarrotada de recuerdos y cosas de otra época, en Junín, debe ser abandonada por unos días para conocer la preciada herencia, y para hacerlo, antes de dejarla, hay que cumplir algunos rituales, apagar las luces, echar insecticida en aerosol, recordar llevar ropa de cama, justo a dos minutos de cerrar todo y subirse a un remís hasta la terminal.

A partir de allí el viaje en micro hasta el lugar, en una unidad de doble piso, lo que configurará uno de los primeros choques entre ambas: “si pasa algo acá no contamos el cuento”; o algo por el estilo, porque si hay algo que el preciso y mecánico guion de la película, es hacer actuar a las protagonistas más que hablar, y, cuándo lo hacen, son como fuertes gladiadoras que se atestan sus armas para dañar al otro sin siquiera medir las consecuencias.

Cuerpos reales, mujeres más reales, enfundadas en coloridas vestimentas, en telas “cómodas” y con un sentido de la estética que ronda lo kitch más poderoso, pero a la vez, entrañable y significativo.

Por momentos, la progresión narrativa, mixtura géneros, el thriller comienza a colarse en cada una de las escenas, y el humor y la ironía, como estandarte, hacen que a la precisión de las actuaciones, se sume una dirección certera para que lo ominoso, y el pasado, digan presente, pero también el miedo sobre lo inevitable y desconocido que espera en el próximo destino.

Hay también una inteligencia que proporciona a la dupla de una envestidura particular, para que, además de forjar con miedos y conceptos desacertados a Clota, que hablan de una Argentina lamentable, aquella que ve en el otro, en el diferente, una amenaza, suma en Estela bondad y nobles sentimientos, una mujer que a pesar de todo, sigue apostando por sus deseos, aunque su madre la oprima y calle.

A la potente imaginativa para, desde los espacios, potenciar sus ideas, Hernández vuelve a bucear en el vínculo madre e hija, el que, en esta oportunidad, le sirve para hablar de la idiosincrasia argentina, sus miedos, sus pequeñas conquistas, pero también aquello que nos hace detestables y egoístas, en un punto.

Cortese y Lois brillan a través del lente de la directora, pero además ofrecen, con pequeños gestos, detalles nada más, su grandeza como intérpretes. En el espiar de Clota hacia adelante en el micro, observando cuestiones que sólo ella sabrá qué serán, o en la escapada de Estela, harta de su madre, a tres asientos más adelante, para dormir y seguir soñando con su futuro, Hernández  pinta de una manera única, una relación entrañable y asfixiante, potente y agotadora, con una posición tomada sobre cada personaje, reflexionando en ellos sobre todos, pero que deja que el espectador tome partido, por una, por ambas, o, por ninguna, sin evitar que luego, este relato, inspirado en uno de Giuillermo Saccomanno, resuene por varios días.

Palabras más, palabras menos. Crítica: Edición Ilimitada.

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Por Marcelo Cafferata

Edición ilimitada, película que se presentará en el Festival de San  Sebastián - Revista OZ

En su última realización Olivier Assayas aborda, desde diferentes puntos de vista, el mundo del imperio de la edición literaria en “Doble Vida”, una comedia agridulce en donde los personajes reflexionan, debaten y fijan posiciones dentro de un  mercado completamente amenazado por el avance del mundo digital actual.

Blogs, sitios web, libros, e-books y diferentes formas de expresión escrita, en avance o decadencia, se dan cita en los diálogos de los personajes que disparan múltiples referencias a ese mundo dominado por la palabra escrita.

EDICION LIMITADA” también se embarca en ese mundo literario, ya no desde el punto de vista de los editores sino de las diversas formas de expresión escrita dentro de la literatura y lo hace a través de cuatro historias bien diferentes, filmadas por cuatro directores que forman un dream team, reunidos para un proyecto que, como toda película episódica, tiene altibajos y en el que cuesta encontrar un nivel homogéneo por más que encuentren, en la literatura, ese factor aglutinante y necesario -que sabe aprovechar y desplegar a través de cada uno de sus capítulos-.

Alguno de sus personajes sostiene que “la verdad tiene estructura de ficción”  y que “la ficción es un canal de acceso a la verdad”: allí estarán las cuatro historias para demostrarlo a través de ficciones que dialogan con los procesos creativos, los diferentes abordajes literarios, la estructura de los géneros y las diferentes construcciones narrativas, propias y particulares de cada forma literaria.

En el Capítulo I, escrito y dirigido y protagonizado por Edgardo Cozarinsky, cuenta la historia de un hombre que comienza a perder la vista y con ello, la posibilidad de disfrute de los textos literarios, que puede recobrar gracias a la propuesta de lectura que le hace una mujer desconocida en un bar.

Ese rol de la lectora (excelente aparición de Eugenia Alonso) que implica en cierto modo un subtexto de seducción y vínculo amoroso, se  contrapone al paso del tiempo y la decadencia física que atraviesa el personaje frente a la pérdida de la visión, que es además un elemento central para cualquier acto de lectura y una forma particular de percepción del mundo con sus propios ojos.

Indudablemente es la mejor elaborada de las cuatro propuestas, la más sólida y la que cuenta con mejores actuaciones y quizás hubiese permitido tener un  mejor resultado general si hubiese sido ubicada en el tramo final del filme.

El dramaturgo teatral, director y escritor Santiago Loza dirige el Capítulo II en donde se vinculan dos escritores amantes de la poesía: un joven escritor amateur y otro anciano y experimentado.  En este caso, es difícil empatizar con la historia ya que el tono de la puesta y  las actuaciones (sobre todo en la del joven escritor a cargo de Alan Cabral) presentan una cierta rigidez en los textos y una falta de fluidez en el decir, que justamente en un terreno como el de la poesía, resulta primordial.

La novelista y periodista cultural Virginia Cosin toma a su cargo la dirección del Capítulo III en donde,  a través de los ojos de una escritora que acaba de publicar su primera novela, no solamente plantea una mirada incisiva sobre el mundo de la pareja sino también aborda el mundo editorial y con él, tangencialmente a una forma de acercarse a cualquier ambiente en donde circulan intelectuales, artistas, creadores y celebridades.

La voz en off de la propia protagonista, nos va conduciendo en ese ambiente casi exclusivo al mismo tiempo que indaga sobre sus inseguridades amorosas, sus miedos, el sentido de pertenencia dentro de ese ambiente y una potencial trayectoria dentro del rubro editorial que recién comienza frente a este primer lanzamiento. La cámara inquieta de Cosin y la naturalidad con la que se maneja Katia Szechtman en el rol protagónico, evitan que algunas imprecisiones del guion hagan naufragar el segmento.

En el Capítulo IV, la cineasta, directora teatral y escritora Romina Paula elige una rueda de lectura de un taller de escritura para ahondar en las modalidades propias de la escritura teatral, diferente a todas las demás. Los diversos puntos de vista que aparecen en cada uno de los participantes, los roles asignados dentro de la lectura y dentro del grupo, y el trabajo sobre el lenguaje y lo que se quiere contar, las correcciones y las devoluciones, conforman el eje para que Paula ponga su mirada sobre un mundo que ella conoce y domina con certeza.

Este último capítulo lamentablemente se inunda de palabras y no le brinda a “EDICION ILIMITADA” un cierre interesante: las actuaciones parecen carecer de marcas de dirección, con el grupo de actores abordando diferentes técnicas de actuación que no vibran en el mismo registro y construyen una experiencia demasiado híbrida.